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Diego Castillo “Hice todo tipo de trabajo, menos robar

Mucho antes de firmar para el profesionalismo, las vicisitudes eran una especie de sombra para Diego Castillo. Hoy día uno de los principales relevistas de los Rays de Tampa que buscan pasar a la Serie Mundial por primera ocasión desde 2008, el joven que nació en Samaná, pero se crió en Arroyo Salado, Payita, Cabrera, María Trinidad Sánchez, recuerda cada oficio al que por necesidad se vio obligado a dedicarse.

“Yo cogí mucha lucha”, dijo Castillo a elCaribe desde San Diego en una entrevista en vivo por Instagram. “Yo hice de todo tipo de trabajo, menos robar, trabajé construcción, apilaba cocos, estuve en agricultura. Eso de sembrar una tarea de tierra de arroz en un día entero metido en una ciénaga que los pies y tus manos te salían blancos, mira muchacho y con ese sol dándote en la espalda el 100 por ciento, tú ves que uno es moreno, yo salía era azul”, agregó.

De un hablar pausado, aunque el dueño de una bola rápida de dos costuras que ha viajado a 98 millas por hora y de un “slider” que hace mucho daño, Diego soñó siempre con ser pelotero para así poder ayudar a su familia a salir de la pobreza.

Los obstáculos estaban a la orden del día. Primero era que no tiraba duro. “Entre los 14 y 16 años yo tiraba a 79 y 80 millas, después con 17 tiré a 85 y así”, indicó.

Luego, con 18 años y con su velocidad por las 91 millas, Diego vino a la Academia de Franklin Ferreras en la capital, lugar del que no salió en buenos términos al tener un encontronazo con un compañero que en ese momento era prospecto, de los que prometían mucho y la soga se partió por el lado débil. Estuvo unos nueve meses sin obtener la firma.

“Hasta las lágrimas se me salieron. Solo pensaba en volver para Nagua, pero dije qué sea lo que Dios quiera y me ayudó a volver a otra academia”, señaló Diego, quien insistió en que no fue el responsable de la situación que no llegó a los puños porque varios compañeros intercedieron de inmediato.

Llega la firma

De vuelta a Nagua y con 19 años, Diego no se rindió y conversó con su buen amigo Aneudys Francisco. “Le dije, Patrón no podemos rendirnos”, dijo Castillo, pero había una situación porque no tenía casa en Nagua.

“Yo tenía mi casa en Payita, pero apareció un muchacho que le decían “El Duende”, su nombre era Miguel Ángel y me dijo que me quedara en su casa, que no había problemas. Nosotros practicábamos juntos y todo. Me dolió bastante cuando él falleció en un accidente. Le agradezco mucho, le he dedicado inclusive algunos de mis juegos aquí en Grandes Ligas”, dijo.

Castillo, quien tiene nueve hermanos, luego firmó a los 20 años con los Rays de Tampa por 64 mil dólares en 2014, el fin de una espera con muchas etapas desesperantes.

Su debut en GL con Tampa se produjo en 2018 y hasta la fecha ha rendido frutos a la organización. Este año ponchó a 23 en 21 entradas y dos tercios con un promedio de carreras limpias de 1.66. Tuvo marca de 3-0 con cuatro rescates. “Nunca me olvido de dónde vengo, de lo que pasé, le doy gracias a Dios por todo y de estar aquí en Grandes Ligas”, dijo finalmente.

Elcaribe

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